martes, 2 de diciembre de 2008

La orgía la pago yo

"La crisis de la que los medios informan (¿?) a diario no es tal. De momento, la palabra crisis está siendo utilizada para designar lo que en puridad es la amenaza de una crisis real. No vale jugar con las palabras. [...] La coyuntura actual refleja, exactamente, el inicio de un proceso que puede acabar en crisis; salvo que se ponga remedio y todo indica que la mayoría de los gobiernos de Occidente no saben, no quieren o no pueden hacerlo. Tampoco el G-20. [...] La crisis real --palabra cuyo significado va mucho más allá de la macroeconomía-- empieza cuando se generaliza el desempleo y los apuros de orden individual se multiplican exponencialmente, de modo que los desajustes macroeconómicos (hoy ya evidentes) desajustan la economía real (cosa que empieza a ocurrir) y desembocan en desorden social, en reacciones políticas mesiánicas y destructivas y en disfunciones institucionales. Es decir, ahora hay crisis macroeconómica y una incipiente recesión económica, pero a la vista está que la sociedad sigue funcionando". [Texto completo]

Esto que escribe Félix Soria es lo que no se cuenta de lo que ahora es una crisis... macroeconómica, que según quien hable o escriba de ella se afana en dotarla de esos tintes apocalípticos que, en efecto, todavía no son palpables.
No es extraño que quienes más hablan de crisis sean quienes más han contribuido a forzarla, quienes más han extrangulado las posibilidades del mercado, quienes más han hinchado el globo, o la burbuja, hasta lograr que reviente, quienes más se empecinan en difundir esa imagen siniestra y quienes, en definitiva, y es lo que realmente importa, más se benefician de ella. Ya se sabe que a río revuelto...
Y hay que reconocer que lo hacen muy bien, pues están logrando pagar con mi dinero la factura de su orgiástica fiesta.

2 comentarios:

Félix Soria dijo...

La información está tan mercantilizada que en algunos casos (medios) ya es un espectáculo.
Hay un principio que tiene su razón de ser: La información es un producto; según afirmaban los teóricos del periodismo en los primeros años ochenta, tesis que asumí y asumo, pero con prudencia.
Esa tesis ganó adeptos racionales, pero también movilizó a fanáticos sin escrúpulos, lo que empezó a ocurrir mediados los años ochenta, cuando los profesionales de la información empezaron a darse cuenta de que la llamada transición y las obligaciones que imponía empezaban a ser agua pasada (o de borrajas) y, por tanto, había que convertir los periódicos y las emisoras de radio y TV en empresas que sin perder su utilidad pública fueran lo más rentables que la ética permitiera. Hubo periodistas, a la vista está, que perdieron la ética por el camino y crearon "escuela"...
Resumiendo, entre los que éramos conscientes de que las empresas deben ser rentables --so pena de morir-- y los que aprovecharon ese aterrizaje para imponer criterios puramente mercantilistas, resultó que a lo largo de los años noventa la mayoría de las empresas editoras de periódicos o propietarias de concesiones de emisión (radio y TV) empezaron a "tomatizar" los contenidos, aunque suavemente, sin exagerar... Ese afán comercial se desmadró en los primeros años de esta década, sobre todo en las TV, por ser el medio más oneroso de mantener.
Ahora, crisis aparte, demasiados titulares faltan a la verdad de lo que se dice en el texto y demasiadas portadas y primeras planas buscan la complicidad morbosa del lector o del telespectador o radioyente, incluidos los ocasionales, el que pasa por allí y... ¡zas! pica y compra o sigue enganchado al receptor. Es decir, "clientes" sin futuro.
Desde hace 3/4 años el lector habitual de periódicos "sonríe" cuando abre el periódico y descubre que "lo más importante" de la actualidad es una nevada o un crimen pasional, y el televidente habitual de telediarios "refunfuña" mientras el "Milá" de turno le ofrece un reportaje en el que los calcetines de Aguirre merecen más minutos que los más de cien de muertos habidos en Bombay.
Y la "crisis" también vende si hay parados o paradas con hijos, EREs sorprendentes, desinversiones que causan o derivan en tragedias personales, etc. etc. etc.
Y la batalla la están ganando otra vez aquellos que elevaron a dogma la tesis de que la información es un producto; tesis a la que añadieron otra aberración: Vendamos como sea, vistiendo atractivos ropajes, lo más llamativos que sea posible.
¿A qué conduce eso? De entrada, se vende algo más, pero luego el lector habitual de periódicos deja de comprarlo y el lector potencial u ocasional acaba siendo lo que es --un cliente inexistente-- en el 99,9% de los casos porque para leer el "News of the world" prefiere que editen el original en castellano, gallego, catalán o euskera...
Y el televidente y radioyente desconecta y todos, cada vez más --sobre todo los jóvenes-- recurren a internet cada vez con mayor asiduidad y en mayor cuantía, a medida que se amplía la banda ancha y el cable.
La crisis, tratada "convenientemente", puede vender proporcionalmente tanto como un vídeo morboso de YouTube, o como una entrevista de radio con la mujer o amante de tal o cual estrella de lo que sea.
Pero esas ventas y audiencias dejan una herencia que al paso de unos meses, o de unos pocos años, muy pocos, se paga: ¿Para qué atender al telediario o pagar un euro por un periódico que no me cuenta (o enseña) nada sustancial, porque para entretener ya se dispone de la PSP, de la wii, de un libro, o de la web tal o cual?
Y esa dinámica va a más, con o sin regalos añadidos.
Ya no vale disfrazarlo con la tesis prostituida de que la información es un producto, entre otras cosas porque ese producto se "compra" gratis en internet... ¡Y encima encuentras quienes te lo explican con claridad y sin reinterpretar los hechos!
Ahí radica uno de los "secretos", el medio que narre hecbos sustanciales y los contextualice es el que mejor superará "la crisis de la tomatización", sin olvidar que internet está revolucionando el escenario y que durante este otoño caerán algunas hojas...
La información es un producto comercializable, nadie lo niega, pero cuando es información con aditivos bien medidos, sin exageraciones, sin pintar la realidad con ropas propias de entretenimiento, sin "complementos" morbosos ni desvaríos que, ¡no nos engañemos!, tiene orígenes muy concretos y demasiadas veces, fines electorales o ajenos a la empresa editora.
Perdona la "paliza".
Un abrazo.

Guillermo Pardo dijo...

Quedas perdonado, compañeiro. Unha aperta.