
[...]
VIZCONDE. (
Encogiéndose de hombros)
Es un provocador.
DE GUICHE
¿Nadie va a detenerle?
VIZCONDE
Concededme ese honor.
Le asestaré tal pulla que quede boquiabierto.
(
Se coloca con fatuidad delante de CYRANO,
que le observa atentamente)
Vuestra nariz, señor, es… enorme.
CYRANO (
Gravemente)
Muy cierto.
VIZCONDE
¡Ja!
(
Retirándose satisfecho)
CYRANO (
Imperturbable)
¿Y eso es todo?
VIZCONDE
Pero…
CYRANO
Pecáis de brevedad.
Pueden decirse muchas cosas, en verdad,
jugando con el tono. Yo os muestro la manera.
Agresivo: señor, si tal nariz tuviera,
os juro que al instante yo me la amputaría.
Amable: en una copa pequeña no os cabría.
¡Vos necesitaríais beber en un lavabo!
Descriptivo: es un rico, un promontorio, un cabo…
Y aún península, creo, pues tanto se prolonga.
Curioso: más, decidme, esa cápsula oblonga,
¿os sirve de escritorio, o bien de costurero?
Guasón: mucho te gustan los pájaros, infiero,
cuando es tanto el empeño con que, piadoso, tratas
de ofrecer una percha a sus pequeñas patas.
Truculento: ¿es posible, cuando tomáis rapé,
que el vapor del tabaco se propague sin que
den aviso de fuego todos los campaneros?
Precavido: ese peso bien pudiera venceros
y hacer que de repente os falle la rodilla.
Tierno: tendréis, me temo, que hacerle una sombrilla,
si no queréis que pierda su reflejo lozano.
Pedante: ni el más puro ejemplar africano
del orden proboscidio, vulgarmente, elefante,
debió de tener nunca trompa tan abundante.
Galante: ¿es que los ganchos, amigo, están de moda?
Para colgar la capa, por Dios que os acomoda.
Enfático: ¡no hay viento, oh nariz magistral,
que pueda acatarrarse a excepción del mistral?
Dramático: si sangra, de Mar Rojo presume.
Admirativo: ¡vaya cartel para un perfume!
Lírico: ¿es una concha? ¿O un caballo de mar?
Ingenuo: el monumento, ¿se puede visitar?
Respetuoso: sire, si no es intromisión,
eso es lo que se llama tener una mansión.
Zafio: ese
piazo cosa no es una
napia, hermano.
O es un rábano enorme o es un melón enano.
Militar: ¡a la carga! ¡A mí la infantería!
Práctico: ¿habéis pensado subastarla algún día?
Apuesto a que sería un lote suculento.
Y por fin, parodiando a
Píramo el lamento,
“ved, pues, esa nariz que del rostro en que mora
destruyó la armonía, sonrojarse traidora”.
He aquí, someramente, lo que habríais podido
decirme, si tuvierais instrucción y sentido.
Mas, no, vos de agudeza, oh sumo mentecato,
no tenéis una pizca, y de letras, acato
que tenéis las que forman esta palabra: tonto.
Y aunque hubierais tenido el ingenio más pronto
para poder, delante de tan ilustre audiencia,
hacerme en estas lides alguna competencia,
sabed que yo os habría impedido, con esto,
(
Por la espada)
articular siquiera media ocurrencia, puesto
que de las que me sirvo no hay cosa que me empache,
pero jamás permito que otro me las despache.
DE GUICHE (
Tratando de llevarse al VIZCONDE,
que se ha quedado de piedra)
Dejadle ya, vizconde.
VIZCONDE (
Sofocado)
¡Espejo de arrogantes!
Este patán que, que, que… carece hasta de guantes,
y que sale a la calle sin galones, ni lazos…
CYRANO
Mis prendas son del alma, no las llevo en los brazos.
No acostumbro a atildarme cual vulgar lechuguino,
pero no por austero soy hombre menos fino.
Así, jamás saldría, por pura negligencia,
con una afrenta grave sin lavar, la conciencia
legañosa o torcida, un escrúpulo ajado,
una intención dudosa o el honor mancillado.
Pero, cuando camino, todo en mí resplandece:
ser libre me engalana, ser franco me ennoblece.
No es la espada, señores, la que mantengo enhiesta,
sino el alma, pero ésa la llevo muy bien puesta.
Y cubierto de hazañas, como otros de penacho,
retorciendo mi ingenio cual si fuera un mostacho,
yo en corros y en corrillos, en fiestas y en salones,
hago que las verdades brillen como espolones.
[…]
Cyrano de Bergerac.
Escena IV, Acto I.
Edmond RostandEl beso de Roxana. Escena VII, Acto III.