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martes, 23 de septiembre de 2008

Más humanidad, menos máquinas

La codicia ha envenenado las almas, ha levantado barreras de odio. Nos ha empujado hacia la miseria y las matanzas.
Hemos progresado muy deprisa, pero nos hemos encarcelado nosotros. El maquinismo que crea abundancia nos deja en la necesidad. Nuestro conocimiento nos ha hecho cínicos, nuestra inteligencia, duros y secos.
Pensamos demasiado y sentimos muy poco. Más que máquinas, necesitamos humanidad. Más que inteligencia, tener bondad y dulzura. [El gran dictador. Discurso de Charles Chaplin]

Han pasado 70 años y, sin embargo, conserva toda su frescura.

miércoles, 30 de abril de 2008

Saramago y la flor más grande del mundo

¿Y si las historias para niños fueran de lectura obligatoria para adultos? ¿Serían realmente capaces de aprender aquello que llevamos tanto tiempo enseñando?

Estas palabras pertenecen a José Saramago y están extraídas del corto de animación A flor máis grande do mundo, dirigido por Juan Pablo Echeverry para la productora gallega Continental, sobre un cuento del escritor portugués.
Saramago siempre se declaró pesimista, pero para mí el relato rebosa optimismo, impresión que quizá se asienta en la percepción de que, en el fondo, queremos que las cosas tengan siempre el mejor final posible.

[Vía: Trafegando ronseis]

domingo, 13 de abril de 2008

Si tal nariz tuviera...

[...]
VIZCONDE. (Encogiéndose de hombros)
Es un provocador.
DE GUICHE
¿Nadie va a detenerle?
VIZCONDE
Concededme ese honor.
Le asestaré tal pulla que quede boquiabierto.
(Se coloca con fatuidad delante de CYRANO, que le observa atentamente)
Vuestra nariz, señor, es… enorme.
CYRANO (Gravemente)
Muy cierto.
VIZCONDE
¡Ja!
(Retirándose satisfecho)
CYRANO (Imperturbable)
¿Y eso es todo?
VIZCONDE
Pero…
CYRANO
Pecáis de brevedad.
Pueden decirse muchas cosas, en verdad,
jugando con el tono. Yo os muestro la manera.
Agresivo: señor, si tal nariz tuviera,
os juro que al instante yo me la amputaría.
Amable: en una copa pequeña no os cabría.
¡Vos necesitaríais beber en un lavabo!
Descriptivo: es un rico, un promontorio, un cabo…
Y aún península, creo, pues tanto se prolonga.
Curioso: más, decidme, esa cápsula oblonga,
¿os sirve de escritorio, o bien de costurero?
Guasón: mucho te gustan los pájaros, infiero,
cuando es tanto el empeño con que, piadoso, tratas
de ofrecer una percha a sus pequeñas patas.
Truculento: ¿es posible, cuando tomáis rapé,
que el vapor del tabaco se propague sin que
den aviso de fuego todos los campaneros?
Precavido: ese peso bien pudiera venceros
y hacer que de repente os falle la rodilla.
Tierno: tendréis, me temo, que hacerle una sombrilla,
si no queréis que pierda su reflejo lozano.
Pedante: ni el más puro ejemplar africano
del orden proboscidio, vulgarmente, elefante,
debió de tener nunca trompa tan abundante.
Galante: ¿es que los ganchos, amigo, están de moda?
Para colgar la capa, por Dios que os acomoda.
Enfático: ¡no hay viento, oh nariz magistral,
que pueda acatarrarse a excepción del mistral?
Dramático: si sangra, de Mar Rojo presume.
Admirativo: ¡vaya cartel para un perfume!
Lírico: ¿es una concha? ¿O un caballo de mar?
Ingenuo: el monumento, ¿se puede visitar?
Respetuoso: sire, si no es intromisión,
eso es lo que se llama tener una mansión.
Zafio: ese piazo cosa no es una napia, hermano.
O es un rábano enorme o es un melón enano.
Militar: ¡a la carga! ¡A mí la infantería!
Práctico: ¿habéis pensado subastarla algún día?
Apuesto a que sería un lote suculento.
Y por fin, parodiando a Píramo el lamento,
“ved, pues, esa nariz que del rostro en que mora
destruyó la armonía, sonrojarse traidora”.
He aquí, someramente, lo que habríais podido
decirme, si tuvierais instrucción y sentido.
Mas, no, vos de agudeza, oh sumo mentecato,
no tenéis una pizca, y de letras, acato
que tenéis las que forman esta palabra: tonto.
Y aunque hubierais tenido el ingenio más pronto
para poder, delante de tan ilustre audiencia,
hacerme en estas lides alguna competencia,
sabed que yo os habría impedido, con esto,
(Por la espada)
articular siquiera media ocurrencia, puesto
que de las que me sirvo no hay cosa que me empache,
pero jamás permito que otro me las despache.
DE GUICHE (Tratando de llevarse al VIZCONDE, que se ha quedado de piedra)
Dejadle ya, vizconde.
VIZCONDE (Sofocado)
¡Espejo de arrogantes!
Este patán que, que, que… carece hasta de guantes,
y que sale a la calle sin galones, ni lazos…
CYRANO
Mis prendas son del alma, no las llevo en los brazos.
No acostumbro a atildarme cual vulgar lechuguino,
pero no por austero soy hombre menos fino.
Así, jamás saldría, por pura negligencia,
con una afrenta grave sin lavar, la conciencia
legañosa o torcida, un escrúpulo ajado,
una intención dudosa o el honor mancillado.
Pero, cuando camino, todo en mí resplandece:
ser libre me engalana, ser franco me ennoblece.
No es la espada, señores, la que mantengo enhiesta,
sino el alma, pero ésa la llevo muy bien puesta.
Y cubierto de hazañas, como otros de penacho,
retorciendo mi ingenio cual si fuera un mostacho,
yo en corros y en corrillos, en fiestas y en salones,
hago que las verdades brillen como espolones.
[…]

Cyrano de Bergerac. Escena IV, Acto I. Edmond Rostand
El beso de Roxana. Escena VII, Acto III.

sábado, 1 de marzo de 2008

Un estremecimiento de mal agüero

[...] Pues bien: fue en una de aquellas mañanas menos amenazadoras de la transición que, con todo, continuaban siendo grises, que, al subir a cubierta para la segunda guardia matinal, y tan pronto como tendí la vista hacia el coronamiento de popa, fui presa de un estremecimiento de mal agüero. La realidad sobrepasaba los temores: el capitán Ahab estaba en pie en el alcázar. [...] Tenía el aspecto de un hombre a quien se hubiera retirado de la hoguera cuando ya las llamas hubieran hecho presa en sus miembros, aunque sin consumirlos ni quitarles su vigorosa firmeza. Anciana ya, toda su alta y ancha silueta parecía hecha de bronce, fundido en un molde inalterable, como el Perseo de Cellini. De entre los cabellos grises le salía, a modo de varilla, una estrecha y lívida cicatriz que le corría por un lado del atezado rostro y el cuello, hasta desaparecer entre la ropa. Recordaba aquella grieta perpendicular que deja a veces en el elevado tronco de un árbol un rayo que lo recorre de arriba abajo, sin estropear una sola rama, dejándolo, por tanto, salvo y lleno de vigor y tan sólo marcado con la estría de su corteza. [...] El aspecto sombrío de Ahab y la lívida cicatriz que le cruzaba el rostro y el cuello me impresionaron tan profundamente que, durante los primeros instantes, no me di cuenta de que parte de mi imponente horror se debía a aquella bárbara pata blanca sobre la que se sostenía parcialmente. [...] No decía palabra, ni tampoco hablaban sus oficiales, pero en sus menores gestos y expresiones reflejaban éstos claramente la convicción turbadora, ya que no penosa, de hallarse bajo la mirada de un jefe preocupado. Pues el ceñudo Ahab permanecía ante ellos con una eterna expresión de angustia en el rostro; como si pesara sobre él toda la indecible y avasalladora majestad de algún terrible infortunio.

Extracto de Moby Dick, de Herman Melville