miércoles, 4 de julio de 2007

El mes en que me pagaron mil pesetas

Echaba a andar la década de los 70 cuando percibí mi primer sueldo. En realidad, yo también echaba a andar: tenía 16 años.
Entré a trabajar en una tienda de electrodomésticos con un primo que era técnico de imagen y sonido. Mi primer salario fue de 1.000 pesetas que me supieron a gloria, aunque, bien pensado, mejor me sabrían las casi 100.000 que ganaba mi primo, quien, por cierto, no era inmigrante.
Mi padre, que tampoco vino del Congo, cobraba unas 60.000 como modesto empleado de banca, cantidad que esa misma banca me ofreció casi diez años después cuando yo ya ganaba el doble. Por entonces, varios miembros de mi familia se fueron a trabajar en los váteres, restaurantes y escaleras de Suiza. Esa familia tampoco era argentina ni colombiana, sino europea que prefirió limpiar mierda (con perdón) en otra parte de Europa a cambio de mejores prestaciones. Nada nuevo, vamos, que no haya ocurrido millones de años antes...
Vuelvo a lo mío. Después de aquel empleo de las gloriosas mil pelas emigré laboralmente a otro empleo en el que me pagaron 4.000, trabajando en un almacén a las órdenes de un individuo que ganaba casi 70.000. Un tipo que, dicho sea de paso, tampoco era magrebí, mozambiqueño o pernambucano, sino coruñés de toda la vida.
Así que un día debió caer sobre mi cabeza la manzana de Newton y pensé que si aquel sujeto podía ganar tanto, yo también. De modo que, haciendo valer el poderío de la genética humana, decidí emigrar laboralmente de nuevo y obtuve lo que buscaba: un sueldo de casi 200.000 pesetas, del año 1979, como repartidor de bebidas refrescantes. Yo tenía el contrato más bajo, pues mis compañeros veteranos cobraban, entre fijos y comisiones, no menos de medio millón de pesetas. Y aquí debo hacer otro inciso: ninguno de ellos era extranjero.
Viene este comentario al hilo de lo que escribí ayer y me sirve para afianzar la creencia de que si miramos dentro de nosotros, de los nuestros y a nuestro alrededor, en seguida veremos que el discurso xenófobo es un demérito para la inteligencia propia.

¿Qué aporta la inmigración a la economía?
"Yo no me hice uruguayo: me hicieron uruguayo"
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5 comentarios:

Yassin Al-Hussen dijo...

Excelente reflexión sobre la inmigración, tanto el artículo de ayer como el ejemplo personal de hoy, me parece muy importante que se presente la inmigración y su efecto como ees realmente, y que se deje de usar la inmigración como arma política y "hombre del saco"... Como Gallegos no debería dar verguenza cuestionar en algun momento el efecto de la inmigración porque, hasta no hace mucho, cruzar el charco era filosofía de vida "na nosa terra".


Un saludo!!!

Una mujer desesperada dijo...

tienes una sensibilidad especial para hablar de la inmigración. nos obligas a cambiar de punto de vista, a buscar dentro de nosotros. suscribo esta y tu anterior entrada, sin fisuras.

Guillermo Pardo dijo...

Es lo que tienen las reflexiones, Desesperada, que no te dejan en paz. Gracias. Bicos.

No creo que sea en Galicia donde más se oye el discurso xenófobo, Yassin, aunque deberíamos tratar de que no se extendiese. Saludos y bienvenido.

Yassin Al-Hussen dijo...

No me refería a que en Galicia haya un discurso xenófobo, creo que comparado con otras comunidades autónomas aquí estamos muy bien en ese aspecto, lo que quiero decir es que aquí, dado el pasado emigrante gallego, deberíamos estar mas sensibilizados.


Un saludo!!!

Guillermo Pardo dijo...

Creo que lo entendí desde el principio, Yassin, pero me pareció conveniente incidir en el caso de Galicia. De todos modos, coincido contigo. Saludos.